ADELINE
Lucien y yo seguíamos en el suelo, rodeados de migas, chocolate y el desastre que habíamos provocado comiendo como si no hubiera mañana. Aún sentía la cara tensa de tanto reír, especialmente después de ver la cara de mi papá entrando por la puerta con la furia de mil tormentas. Parecía que acababa de vernos desnudos en medio de una orgía, y lo único que hacíamos… era compartir galletas.
—¿Viste su cara? —dije entre carcajadas—. Juró que nos encontraría haciendo el amor en su santuario f