PAOLO MORELOS
Bip… bip… bip…
Ese sonido.
No era el cielo.
Tampoco el infierno.
Era el puto hospital.
Mi garganta ardía. Todo dolía.
Pero lo primero que logré pronunciar, en un susurro casi inaudible, fue:
—Mily…
Y entonces, como si su nombre abriera un portal, la sentí.
—¡Paolo! —La escuché gritar justo antes de verla.
Saltó de la silla como si algo la hubiera impulsado. Corrió hacia mí, sus ojos inundados de lágrimas, sus manos temblorosas apretando las mías con fuerza.
—Amor… amor, estás vivo