SILVANO DE SANTIS
Salí con Lucien de la habitación, caminamos hacia la cafetería y pidió dos americanos. Me miraba con la ceja levantada y una sonrisa ladeada.
—Bien, Silvano. Ahora que no están las chicas, dime, ¿qué pasó en realidad? Eso del secuestro y que redujiste a los secuestradores… no te la creo.
Me derretí en la silla y boté el aire que estaba conteniendo.
—Fue Bastien.
Lucien se atragantó con el café que estaba tomando.
—¿¡QUÉ!? ¿Qué hacía mi tío acá?
—Poniéndome a prueba. El secuestr