ANNELISSE DE FILIPPI
Desperté en penumbras.
Mi cabeza era una maraña de nubes. Los brazos… no se movían. Las muñecas ardían.
Estaba atada.
Una cama nueva. Un galpón viejo. Hacía frío. Y estaba sola. O eso pensaba.
—Anny… —dijo una voz.
Levanté la mirada.
Esteban.
Sus ojos estaban rojos. Fuera de sí.
Su sonrisa… enferma.
—¿Dónde estoy? —balbuceé.
—En un lugar donde nadie podrá separarnos. Al fin solos. Lejos de tu noviecito.
Tragué saliva.
—Estás enfermo… ¡DÉJAME IR!
—No. No estoy enfermo. solo