ADELINE DE FILIPPI
Después de la cena, lo encontré en la biblioteca. Estaba de pie, de espaldas a mí, hojeando un libro con una calma que no le conocía. Sus hombros anchos estaban cubiertos por una camisa negra, su postura impecable, y ese perfume… su perfume. Inconfundible. Pero ya no era ese aroma que abrazaba. Ahora… cortaba. Ya no me envolvía. Me atravesaba como una navaja invisible.
Respiré hondo. Entré.
—Lucien… —mi voz salió más suave de lo que planeé.
No se giró. Solo dijo:
—Dime.
Eso f