ANNELISSE DE FILIPPI
La cocina olía a mantequilla, chocolate… y memoria.
Addy, Lucy, Marie y yo estábamos cubiertas de harina, con las mejillas rojas por la risa y el horno encendido, como en los viejos tiempos. Las galletas de mamá —aquellas que hacía con forma de corazón solo para papá— se doraban lentamente mientras esperábamos junto a la encimera.
Silvano observaba desde la puerta, apoyado contra el marco, con una sonrisa suave en los labios. Lucien le decía algo, probablemente una broma, p