LUCIEN MORETTI
El atardecer se colaba por las ventanas del salón, tiñendo las paredes de tonos cálidos, como si la casa estuviera envuelta en un abrazo. Addy y yo estábamos sentados en el sofá, compartiendo una manta, un bowl de palomitas y el mejor espectáculo del mundo: nuestros hermanos enamorándose.
—Te apuesto diez galletas que se besan hoy —susurró Addy, acomodándose en mi hombro.
—¿Solo diez? —respondí con una sonrisa torcida—. Mi amor, eso va a pasar en cualquier momento.
Addy alzó una