LUCIEN MORETTI
El sol comenzaba a bajar, tiñendo los tejados antiguos de dorado y los adoquines de las calles con una calidez que no se podía describir con palabras. Caminábamos sin rumbo fijo, solo dejándonos llevar por la belleza de la ciudad. Addy iba a mi lado, con su mano entrelazada con la mía, los ojos brillantes y el paso ligero, como si el aire español le diera alas.
—Amo esto —murmuró, sonriendo mientras se detenía frente a un escaparate de libros antiguos—. ¿Te das cuenta de que esto