ADELINE DE FILIPPI
El auto serpenteaba por caminos rurales, rodeado de campos dorados por el sol y casas antiguas de piedra, con techos de tejas anaranjadas que parecían pintadas por algún artista nostálgico. Asher manejaba con una sonrisa orgullosa, señalando cada rincón con entusiasmo. Estaba feliz, emocionado como un niño pequeño que está por mostrar su juguete favorito.
—Aquí nací, bueno, en el hospital del pueblo de al lado —rió—, pero aquí di mis primeros pasos, aprendí a andar en bici, m