Me desperté y, por un instante, no vi a nadie en la cama. La habitación estaba silenciosa, solo el ruido lejano de la calle y el sonido suave de Jade respirando. Levantándome despacio, aún con el cuerpo pesado del sueño, fui hasta la cuna. Ella dormía tranquila, el rostrito pequeño escondido en la mantita, y mi corazón se apretó de una manera buena y nueva. Sentí una punzada de responsabilidad. Era mi hija, tan pequeña, tan frágil… y ahora dependía de mí. Suspiré hondo, intentando controlar el