Lorenzo Barbieri recordaba con nitidez aquel día, como si las imágenes se hubieran tatuado en su mente, imposibles de borrar aunque pasaran los años. Había amanecido temprano, el aire olía a humedad y a tierra mojada, los caballos relinchaban en los establos, impacientes por salir a cabalgar. Él era uno de los capataces de confianza, siempre atento a las órdenes, siempre al pendiente de Martina, la joven ama, que aquel día tenía una sonrisa tímida y un brillo extraño en los ojos, como si supier