La habitación estaba perfumada con jazmín y azahar. No por accidente. Mamma había insistido en que las flores fueran colocadas desde el amanecer, como si supiera que ese rincón del palacio sería más que una habitación: sería un santuario. Las sábanas de lino marfil estaban planchadas con esmero, los candelabros de bronce encendidos con velas que chisporroteaban suave, lanzando reflejos dorados sobre las paredes cubiertas de seda color crema.
Un espejo antiguo, traído desde Palermo, reflejaba la