La noche había caído sobre la mansión como un manto espeso, sofocante. Chiara se recostó en la cama, pero sus párpados se negaban a cerrarse con calma. El silencio era tan pesado que hasta el tictac lejano del reloj parecía un eco de ultratumba. Intentó dormirse recordando el calor de los brazos de Adriano, pero lo único que la rodeaba era una sensación viscosa, como si la oscuridad misma tuviera dedos que se deslizaban por las paredes.
Finalmente, el cansancio la venció. Cerró los ojos, pero en lugar del alivio del sueño reparador, fue tragada por un vacío helado.
Primero no hubo nada, solo un soplo de viento que olía a hierro oxidado y tierra húmeda. Luego, lentamente, surgió ante ella un pasillo estrecho, interminable, construido de piedra húmeda, con grietas por donde goteaba agua espesa. El aire olía a moho, a encierro, a tumba. Sus pasos resonaban con eco, aunque nunca recordaba haber movido los pies.
La sensación de estar siendo observada era inmediata, sofocante.
Un murmullo b