Los días siguientes al paseo, Adriano tuvo que ir a arreglar unos asuntos y a verificar cómo se encontraba el negocio. En verdad, la mansión sin él se sentía sola y desprotegida; sus pasos firmes y su voz grave siempre daban una sensación de resguardo que ahora, en su ausencia, se había desvanecido como un eco lejano. Chiara seguía asistiendo a las sesiones de regresión; era algo sumamente cansado para ella, y más porque en todas ellas aparecía el gemelo de oro, esa joya que parecía perseguirla