Los días siguientes al paseo, Adriano tuvo que ir a arreglar unos asuntos y a verificar cómo se encontraba el negocio. En verdad, la mansión sin él se sentía sola y desprotegida; sus pasos firmes y su voz grave siempre daban una sensación de resguardo que ahora, en su ausencia, se había desvanecido como un eco lejano. Chiara seguía asistiendo a las sesiones de regresión; era algo sumamente cansado para ella, y más porque en todas ellas aparecía el gemelo de oro, esa joya que parecía perseguirla como una sombra, un hilo invisible atado a su vida. No había tenido la oportunidad de seguir leyendo el diario de Martina, y mucho menos de ver el álbum de fotografías que había encontrado escondido. Mamma y la madre de Antonella aún no habían regresado de la isla, así que la soledad se le hacía más grande.
La joven que solía acompañarla en sus días, aquella que le hablaba de banalidades para distraerla, también había salido de la mansión. Había dicho que necesitaba un tiempo para ella misma, u