El sol de la mañana apenas tocaba los tejados cuando Chiara bajó las escaleras, vestida con una blusa blanca de lino, holgada, con detalles bordados, y un pantalón beige que resaltaba la naturalidad de su figura. El cabello suelto, sujeto por un par de pinzas, le daba un aire fresco, despreocupado. Adriano ya la esperaba en la entrada, apoyado en el Maserati negro que relucía como un espejo bajo la luz siciliana.
Al verla, Adriano sonrió con suavidad. Llevaba una camisa azul marino, sin corbata