La antigua villa Bianchi, iluminada por cientos de velas y faroles, brillaba con un aire solemne esa noche. Las fuentes del jardín murmuraban entre flores, y un perfume a jazmín y vino tinto flotaba en el aire como una presencia invisible. Todo estaba dispuesto: una larga mesa de roble barnizado, platos de porcelana, cristalería fina, y al centro, un candelabro antiguo que había pertenecido al abuelo de Adriano, símbolo de poder y tradición familiar.
Chiara, vestida con un elegante vestido de