La noche había caído sobre Palermo cuando el coche que los llevaba de regreso al refugio avanzaba en silencio por la carretera iluminada apenas por los faros. Chiara mantenía la mirada fija en la ventana, observando cómo los reflejos de la ciudad quedaban atrás, hasta convertirse en un rastro lejano de luces titilantes. Palermo había removido demasiadas emociones, recuerdos que no esperaba enfrentar, y aunque no había pronunciado palabra, su silencio pesaba en el interior del vehículo como un manto de incertidumbre.
Adriáno, al volante, no la presionó. Conocía bien esos silencios en ella: no eran fríos, sino densos, como si estuviera tejiendo pensamientos entre la nostalgia y la necesidad de mantenerse firme. Solo extendió su mano en un gesto discreto y cálido. Ella, después de unos segundos, la tomó sin apartar la vista del cristal.
Fue un gesto pequeño, pero suficiente para que el aire entre ellos se suavizara.
Cuando llegaron al lugar donde pasarían la noche, una antigua villa rest