Adriano se frotaba las manos mientras caminaba lentamente por la sala de reuniones. El aire olía a cuero, whisky añejo y pólvora reciente. El ataque a su casa no había sido un simple error. Nadie tocaba su hogar sin prepararse para morir. La casa había sido su símbolo de poder, la fortaleza impenetrable que los suyos respetaban y sus enemigos temían.
—Quiero respuestas —dijo, con la voz fría, casi apagada—. Y las quiero ahora.
Antonio fue el primero en alzar la vista. Llevaba años a su lado, de