Dolor eterno.
Recuerdo de Adriáno, que dolerá por siempre
La tarde caía sobre Palermo con un cielo enrojecido, como si la ciudad misma ardiera en silencio. Martina se encontraba en el balcón de la villa, observando las colinas que se teñían de sombras. El aire olía a vino recién fermentado y a la tierra húmeda después del riego de los viñedos. Había pasado todo el día pensando, debatiendo consigo misma, temiendo y a la vez ansiando la conversación que sabía inevitable.
Ya no podía seguir callando.
Desde la