El tren avanzaba entre montañas cubiertas de nieve, cortando el aire helado como un cuchillo que se abre paso entre la carne. Adalberto observaba desde la ventanilla, con los ojos clavados en la bruma que descendía de los Alpes italianos. Los pueblos parecían fantasmas perdidos en el tiempo: casas de piedra, campanarios que emergían como centinelas y un silencio que se filtraba hasta en los huesos.
—El norte… —murmuró con desprecio, apenas audible—. El maldito exilio disfrazado de misión.
No es