Chiara miraba a Adriano con atención. Se notaba demasiado pensativo después de la plática que había tenido con alguien del norte. Al parecer, sus temores comenzaban a hacerse realidad, pero aún tenía que comprobarlo. No quería precipitarse, y menos frente a ella.
—¿Qué sucede, caro mio? —preguntó ella con voz preocupada. En verdad sentía que algo lo perturbaba—. ¿Es sobre Adalberto?
Ella rodeó con sus brazos los hombros de su esposo, buscando darle un poco de paz.
—Sí… pero me niego a creerlo —respondió él con un tono cargado de tensión—. Lo llaman el Siciliano en el norte, algo muy raro… Tiene que ser una maldita coincidencia. Me niego a pensar que mi propia sangre…
Se interrumpió y tomó las manos de Chiara para besarlas con cariño, como si buscara encontrar en su contacto un refugio.
—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó de pronto, con un tono que intentaba ser más ligero.
—Quiero que me cuentes algo sobre ella… sobre Martina. —Los ojos de Chiara se clavaron en él con delicadeza—. ¿Qué