El invierno en la ciudad se sentía como una condena perpetua. En la casa de seguridad, Antonia Castillo observaba la nieve caer con una frialdad que ya no provenía del clima, sino de su propio corazón. Su vientre de siete meses era una carga física y emocional; cada vez que el bebé se movía, ella recordaba la mirada de desprecio de Noah en la gala de Zúrich.
«No mientas más, Antonia... Alejandro es el padre de tus hijos». Esas palabras de Noah se repetían en su mente como un disco rayado, quem