La oscuridad en la periferia de la ciudad no era pacífica; era opresiva. Antonia Castillo se miró en el espejo de cuerpo entero del vestidor. Su vestido de seda negra se ceñía a su vientre de siete meses, una curva que Alejandro Montenegro exhibía como el trofeo final de su victoria. Antonia se acarició la piel a través de la tela, sintiendo una patada enérgica.
—Él no vendrá, pequeño —susurró a la penumbra—. Pero nosotros no necesitamos a nadie que no crea en nosotros.
Antonia había dejado de