La cabaña había dejado de ser un refugio para convertirse en una jaula de cristal donde cada mirada de Noah era un espejo que devolvía la imagen de una mujer a la que nadie creía. Antonia lo sentía en el modo en que él evitaba sus ojos durante el desayuno, en la forma en que sus manos, antes siempre dispuestas a rozarla, ahora permanecían quietas sobre la mesa. No era distancia física. Era otra cosa. Era la duda instalándose en los cimientos de lo que habían construido.
Caleb llegó al mediodía,