Tres semanas después de su llegada, Camila ya era parte del paisaje de la mansión. Los empleados la saludaban con familiaridad, los guardias de seguridad le abrían las puertas sin preguntar, y los contadores que venían una vez por semana a revisar los papeles de Alejandro le consultaban como si ella fuera la dueña de la casa. No había tomado el control. Se había instalado en él con la suavidad de una enredadera que trepa una pared sin que nadie note sus zarcillos hasta que es demasiado tarde.
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