La mañana amaneció gris sobre la casa de Noah, con un cielo cubierto de nubes que amenazaban lluvia y un viento frío que movía los jazmines del jardín.
Antonia despertó con la cara pegada a la almohada de Leo, el olor del niño todavía en las sábanas, los dedos de él enredados en su cabello. Había dormido vestida, sin cenar, sin cepillarse los dientes. El teléfono seguía en su mano, apretado contra el pecho, con el mensaje de Elena aún en la pantalla. «Alejandro tuvo otra crisis. Los médicos lo