La noche en la mansión se había vuelto una rutina que Antonia no sabía cómo romper.
Llegaba cuando el sol empezaba a caer, subía las escaleras, se sentaba en el borde de la cama de Alejandro y lo miraba comer. Una cucharada. Después otra. Después otra. Hasta que la sopa se terminaba y el pan quedaba hecho migas sobre la bandeja. Después lo miraba dormir. La respiración profunda, los ojos cerrados, las manos quietas sobre el pecho. Y se preguntaba cuánto tiempo más iba a poder seguir así.
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