La puerta de la mansión se cerró con un golpe seco.
Antonia se quedó de rodillas en el pavimento helado. La cara le ardía por las cachetadas. El labio partido le sangraba. Las rodillas le temblaban. Pero lo que más dolía no era el cuerpo. Era el alma.
Adentro, escuchó las risas. Las copas brindando. La voz de Alejandro diciendo: "No se preocupen por ella, tengo otro vino, sigamos". Y todos celebraron. Como si ella no existiera. Como si nunca hubiera existido.
Las lágrimas que había contenido po