El sol de la mañana entraba por los ventanales de la biblioteca como un río de luz dorada, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Alejandro estaba sentado en su sillón de cuero, con Tobías en el regazo y un libro abierto sobre las rodillas que no leía. Sus ojos estaban fijos en Camila, que escribía en su libreta con la parsimonia de quien tiene todo el tiempo del mundo.
Llevaba una semana insistiendo con el mismo tema. Los archivos históricos de la Red. Los documentos que e