Mundo ficciónIniciar sesiónLa celebración estaba en su punto más alto.
Los inversores más importantes del país brindaban en el salón de eventos, rodeados de lujo y poder. Alejandro Montenegro era el centro de atención, como siempre. Natalia estaba pegada a su brazo, sonriendo, seduciendo, siendo la acompañante perfecta.
Uno de los inversores, un hombre de cabello cano y mirada de tiburón llamado Don Ricardo, levantó su copa y la observó contra la luz.
—Excelente vino. Un Bordeaux del 98. Pero lástima que no hay el que probamos en la cata de aquel año en Francia. Ese era verdaderamente único. Un Romanée-Conti. Imposible de conseguir ahora.
Alejandro levantó una ceja. Natalia, que lo conocía mejor que nadie, sintió la oportunidad.
—Ah, ese —dijo ella, con una sonrisa pícara—. ¿No es ese el que tienes guardado en la mansión?
Alejandro la miró, sorprendido.
—Sí. Lo compré en una subasta hace tres años. Lo he guardado para una ocasión especial.
—¿Y qué momento más especial que este? —dijo Natalia, señalando a los inversores con un gesto elegante—. Invitémoslos a la casa. Terminamos la celebración allá. Así te ganas los créditos para el proyecto de una vez. Quedarás como el anfitrión perfecto.
Alejandro dudó un segundo. No le gustaba mezclar su casa con los negocios. Pero Natalia ya estaba acariciándole el brazo, susurrando en su oído.
—Hazme caso, cariño. Confía en mí. Esto te asegura el proyecto.
Él sonrió. Levantó su copa y captó la atención de la sala.
—Señores, los invito a mi casa. Tengo un Romanée-Conti guardado que los hará olvidar cualquier otro vino que hayan probado.
Los inversores aplaudieron. Don Ricardo soltó una carcajada.
—¡Alejandro, usted sí sabe cómo hacer negocios!
En minutos, los autos de lujo comenzaron a moverse. La caravana cruzó la ciudad hasta llegar a la mansión de Alejandro, imponente, iluminada, perfecta.
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Antonia estaba en su habitación. Había preparado una infusión para calmar los nervios, pero un alboroto extraño la obligó a salir.
Autos. Voces. Risas. Muchas risas.
Bajo las escaleras hacia la sala principal y se asomó desde el último tramo. La mansión se había llenado de gente importante. Hombres de traje impecable, mujeres con joyas que brillaban bajo las lámparas de cristal. Y en el centro, Alejandro y Natalia, como reyes de la noche.
Alejandro la vio primero. Su mirada se endureció al encontrarla.
—Antonia —dijo, con voz de orden que cortó las conversaciones—. Ven acá.
Ella bajó los últimos escalones sintiendo el peso de todas las miradas. Estaba con su ropa de casa, sencilla, fuera de lugar. Una mancha en medio de la elegancia.
—Ve a la bodega —le ordenó Alejandro, sin mirarla a los ojos—. Trae la botella que está en la repisa de roble. La Romanée-Conti. ¿Sabes cuál es?
—Sí —dijo Antonia, en voz baja.
—Pues ve. Y date prisa. No hagas esperar a nuestros invitados.
Los inversores rieron con condescendencia. Antonia apretó los puños y se fue.
Regresó minutos después con la botella entre las manos. Era pesada, elegante, una pieza de colección que parecía brillar bajo las luces. Alejandro la tomó y la levantó para que todos la vieran.
—Señores, esto es lo que estábamos esperando. Romanée-Conti, cosecha del 98. Una de las seis botellas que quedan en el mundo.
Los inversores murmuraron con admiración. Don Ricardo se acercó, los ojos brillando.
—Es usted un hombre de palabra, Alejandro.
—Ven —dijo Alejandro a Antonia, ignorando al inversor—. Vas a servirla tú. Que nuestros invitados vean que hasta mi esposa me sirve.
Natalia soltó una risa aguda. Los inversores sonrieron, incómodos.
Antonia tomó la botella otra vez. Sus manos temblaban. Sabía que un error sería el fin.
Se inclinó sobre la primera copa.
Y sintió el pie.
Natalia, detrás de ella, le metió la zancadilla con precisión quirúrgica. Antonia cayó hacia adelante. La botella se le escapó de las manos y estalló contra el piso de mármol.
El vino tinto, ese vino de miles de dólares, único en el mundo, se derramó como sangre. Salpicó los zapatos de Natalia, sus tacones de diseñador quedaron manchados de rojo, el líquido precioso se filtraba entre las grietas del mármol como si la casa misma estuviera sangrando.
El silencio fue absoluto.
—¡NO! —gritó Alejandro, su cara desencajada—. ¡¿PERO QUÉ HICISTE?!
—Esa botella —dijo Don Ricardo, con la voz temblando de furia—. Esa era única. Imposible de conseguir.
—No tiene precio —agregó otro inversor—. No se consigue en ningún lado.
—Es una obra de arte —dijo una mujer con joyas enormes—. ¿Cómo es posible que alguien sea tan torpe?
Natalia se llevó las manos a la boca, fingiendo horror. Los ojos se le llenaron de lágrimas falsas.
—Ay, Dios mío, mis zapatos... los arruinó... estos son de edición limitada...
Se volvió hacia Alejandro con una mueca de dolor fingido.
—¿Ves cómo te avergüenza tu esposa? Delante de los inversores más importantes del país. Esto va a costar el proyecto, Alejandro. Deberías darle una lección.
Antonia se levantó del suelo. Las rodillas le sangraban por el golpe contra el mármol. El vestido manchado de vino. Pero sus ojos echaban fuego.
—¡FUE ELLA! —gritó, señalando a Natalia con el dedo tembloroso—. ¡ELLA ME METIÓ LA ZANCADILLA! ¡LO VIERON!
—¿Yo? —Natalia rió con desprecio—. ¿Por qué haría eso? Yo soy una mujer decente. Tú eres la que no sirves para nada. Ni para servir una botella te dejaron.
—¡ES MENTIRA! —Antonia dio un paso hacia ella, la rabia haciéndole arder el pecho—. ¡TÚ ME EMPUJASTE! ¡SIEMPRE HACES LO MISMO!.
—¡AY, ALEJANDRO! —gritó Natalia, escondiéndose detrás de él con un llanto dramático—. ¿Ves cómo me trata? ¡Me está amenazando! ¡Delante de todos!
Don Ricardo frunció el ceño.
—Alejandro, esto es inaceptable. Una esposa que agrede a los invitados en su propia casa… No sirve para nada. Así no se puede hacer negocios con alguien que no controla ni su hogar.
—Castígala —susurró Natalia al oído de Alejandro, con la voz suave pero filosa—. Demuéstrales quién manda aquí. O vas a perder el proyecto.
Alejandro miró a Antonia. Sus ojos eran dos carbones encendidos. El odio, la furia, la humillación pública lo habían cegado por completo.
Antonia no aguantó más.
—¡BASTA! —gritó, y antes de que nadie pudiera detenerla, cruzó la distancia que las separaba y le dio una cachetada a Natalia.
La bofetada sonó como un látigo en el silencio de la sala.
Natalia se llevó la mano a la mejilla. Por un segundo, sus ojos mostraron la furia verdadera, el odio puro. Pero enseguida volvió a la actuación.
—¡AY! —gritó, soltando un llanto desgarrador que resonó en toda la mansión—. ¡Me pegó! ¡Me pegó delante de todos! ¡Alejandro, me pegó!
Se dejó caer sobre él, sollozando, haciéndose pequeña. Los inversores murmuraban, algunos con vergüenza, otros con diversión morbosa.
Natalia, entre lágrimas falsas, se aferró al brazo de Alejandro.
—¿Ves cómo es? Hasta a mí me pega. Y yo solo quería ayudar. Castígala, Alejandro. Demuéstrale quién manda aquí. ¿Cómo vas a tener una esposa así? Va a arruinar tu reputación. Va a arruinar el proyecto.
—Vamos afuera.
La arrastró hacia la puerta principal. Antonia forcejeó, pero él era demasiado fuerte. La sacó a la noche.
El frío le pegó en la cara como una bofetada. La escarcha brillaba en el pavimento. El jardín estaba oscuro, inmenso, vacío.
—Arrodíllate —ordenó Alejandro.
—No.
—¡ARRODÍLLATE!
La empujó. Antonia cayó de rodillas sobre el pavimento helado. El frío le subió por las piernas como cuchillas, atravesándole los huesos.
Natalia salió detrás de ellos, abrazándose a sí misma con fingido escalofrío.
—Mira lo que me hizo —dijo, mostrando su mejilla como una reliquia sagrada—. Mira mis zapatos. Todo arruinado. Tu esposa me humilló delante de los inversores más importantes del país.
Alejandro la miró.
—Vas a darle seis cachetadas. Así aprende.
Natalia dudó un segundo. Solo uno. Luego caminó hacia Antonia.
—Con gusto.
Se hizo frente a ella para mirarla a los ojos.
—Esto es por mentirosa —susurró Natalia.
La primera cachetada partió el silencio de la noche.
—Esto por desgraciada.
Segunda. La cabeza de Antonia se fue hacia un lado.
—Esto por no saber tu lugar.
Tercera. El labio de Antonia sangró.
—Esto por pegarme.
Cuarta. Quinta. Sexta.
Antonia no lloró. No pidió perdón. No se quebró. Solo aguantó. Cada golpe la empujaba más lejos de él. Cada golpe la liberaba más.
Cuando Natalia terminó, bajó la mano y sonrió con satisfacción. Alejandro la tomó del brazo.
—Entremos. Ya fue suficiente.
Natalia se volvió hacia Antonia, que seguía de rodillas en el pavimento helado.
—Pero no te preocupes —dijo, con una dulzura venenosa—. Seguro que encuentras un banco donde dormir. Una mujer como tú está acostumbrada a la calle.
Se dieron la vuelta. La puerta de la mansión se cerró con un golpe seco.
Adentro, se escuchó la voz de Alejandro.
—No se preocupen por ella, señores. Tengo otro vino, uno aún mejor. Sigamos con la celebración. El proyecto sigue en pie.
Las risas, los brindis, la música. Todo continuaba.







