El blanco era lo único que existía.
Antonia parpadeó una vez. Dos veces. El techo seguía ahí, inmaculado, ajeno. El pitido del monitor marcaba sus latidos con una regularidad hipnótica. BIP. BIP. BIP. Como un metrónomo que midiera el tiempo que le quedaba para volverse loca.
—¿Se siente mejor?
La voz era suave. Masculina. No el áspero sonido de los médicos que iban y venían, sino otra. Una voz que llevaba horas allí, pegada a su lado como una sombra.
Giró la cabeza con lentitud. El cuello le do