Los días en el Santuario se medían por el ciclo de luces artificiales que imitaban el sol y la luna, pero Antonia había perdido la cuenta de ellos hacía tiempo. Lo que sabía era que Leo había aprendido a decir "mamá" sin titubeos, que Noah le había construido un balancín de madera con sus propias manos, y que Elena había comenzado a llamarla "heredera" con una frecuencia que la incomodaba.
El niño gateaba ahora con una velocidad que la obligaba a correr detrás de él por los pasillos de metal, y