Pasaron tres meses antes de que Alejandro pudiera volver a dormir una noche entera.
La mansión se había vaciado. No de muebles, no de lujos, no de los objetos que su abuelo había acumulado durante décadas. Se había vaciado de algo más silencioso. De las risas del niño que nunca llegó a conocer del todo. De los pasos de Antonia en los pasillos de mármol. De la posibilidad de un perdón que ya no iba a llegar.
Alejandro pasaba las noches en el estudio, con los mapas de la Red desplegados en la pan