La rampa hidráulica terminó su descenso con un susurro metálico, revelando un mundo que desafiaba cualquier lógica que Antonia hubiera conocido en la superficie. Al bajar de la ambulancia, el aire que respiró no era el viciado de un sótano, sino uno purificado, con un ligero aroma a pino y ozono. Ante ella se extendía el Santuario: una red de estructuras circulares de cristal y acero que se hundían en la roca viva, iluminadas por un sol artificial que imitaba perfectamente el ciclo del día.
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