Mundo ficciónIniciar sesiónPasaron los meses.
Tres. Cuatro. Cinco.
Antonia perdió la cuenta de los días en esa mansión enorme, fría, pero que poco a poco se había ido llenando de pequeñas rutinas. De pequeños gestos.
Ella seguía preparando sus comidas. Todas. Desayuno, almuerzo, cena. Y los dolores de Alejandro habían desaparecido por completo. Los médicos no lo podían creer. Él tampoco.
Ella le mandaba mensajes a medio día: "Hora de almorzar. No se te olvide." Él nunca respondía. Pero almorzaba.
Ella le dejaba notas en la almohada cuando él llegaba tarde: "Hay comida en el refrigerador. Calienta dos minutos nomás." A la mañana siguiente, el plato estaba limpio en el lavaplatos.
Él seguía siendo frío. Distante. Pero algo había cambiado.
Una mañana, Antonia encontró una caja sobre la mesa del comedor. Dentro, un collar de oro con un pequeño diamante. Ni siquiera una nota. Pero cuando ella bajó, él la miró un segundo más de lo normal.
Una vez le entró una tarjeta negra. "Para lo que necesites", dijo, y se fue.
Ella nunca la usó. La guardó en un cajón. No quería su dinero. Nunca lo había querido.
En cambio, se levantaba más temprano para tener su café listo cuando él bajaba. Planchaba sus trajes con esmero. Aprendió sus gustos, sus horarios, sus silencios.
Y por las noches, cuando él llegaba tarde, ella lo esperaba despierta. No para hablar. Solo para saber que había llegado bien.
Él nunca se lo pidió. Pero ella lo hacía igual.
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Esa tarde, Antonia bajó a la cocina por un vaso de agua.
Eran casi las cinco. La casa estaba en silencio. Pero al pasar por el estudio, vio luz. Escuchó su voz.
Alejandro hablaba por teléfono. Ella no quiso escuchar, pero las palabras llegaron igual.
—Sí, hoy voy a la ceremonia. Voy a llevar a mi acompañante.
El corazón de Antonia dio un vuelco.
Su acompañante.
Ella. Tenía que ser ella. ¿Quién más?
Subió las escaleras corriendo. Abrió su clóset. Nada. No tenía nada lindo. Nada elegante. Revisó una y otra vez. Solo el vestido del funeral y ropa vieja, en el fondo alcanzó a ver uno, no era perfecto pero era el mejor que tenía.
Peinó su cabello una y otra vez. Se maquilló con cuidado, como había visto en tutoriales. Quería estar perfecta.
Porque él la había elegido. Él quería que lo acompañara.
Cuando estubo lista, bajó las escaleras con el corazón latiendo fuerte.
Alejandro estaba en la sala, ajustándose los puños de la camisa. Traje negro impecable. Más guapo que nunca.
Ella dio un paso. Luego otro.
Él no la vio.
Entonces el timbre sonó.
Alejandro fue a abrir. Antonia se quedó en las escaleras, con una sonrisa nerviosa, esperando el momento en que él la viera.
La puerta se abrió.
Una mujer entró.
Alta. Rubia. Piernas interminables. Vestido rojo ajustado que dejaba poco a la imaginación. Labios carnosos, ojos de gata, sonrisa perfecta. Parecía salida de una revista.
—Alejandro, mi amor —dijo con voz melosa, y lo besó en la mejilla. Luego un abrazo que duró más de la cuenta.
Alejandro le devolvió el saludo. Frío, pero no incómodo.
—Natalia. Llegaste temprano.
—Para verte, siempre temprano.
Ella se apartó y sus ojos recorrieron la sala. Hasta que encontraron a Antonia.
Inmovilizada en las escaleras. Con su vestido azul. Y su maquillaje perfecto.
Natalia la miró de arriba abajo. Una sonrisa lenta, cruel, se dibujó en sus labios.
—Ah —dijo, como si entendiera algo—. Así que tú eres la esposa por obligación.
Antonia no supo qué decir. Las palabras se le atoraron en la garganta.
Natalia se volvió hacia Alejandro.
—Vamos, se hace tarde —dijo, tomándolo del brazo.
Pero antes de avanzar, se detuvo. Miró a Antonia otra vez. Luego a Alejandro. Luego otra vez a Antonia.
—Oye —dijo, llevándose una mano a la boca con fingida sorpresa—. ¿No será que tu esposa quería ir contigo? Mira, tiene vestido. Y aunque no sea lindo... tú dijiste que siempre está desarreglada, sin maquillaje. Pero hoy... —se llevó la mano al pecho, teatral—. ¿No será que ella quería acompañarte?
El silencio se hizo eterno.
Alejandro miró a Antonia.
Ella sostuvo su mirada. Los ojos brillantes. Las manos sudorosas. El corazón roto antes del golpe.
—No —dijo Alejandro, con una frialdad que cortaba—. Estás loca. Esa es su pijama.
Natalia soltó una risa aguda. Lo tomó del brazo y salieron.
La puerta se cerró.
Antonia subió las escaleras sin sentir las piernas. Entró a su cuarto. Cerró la puerta.
Y entonces se derrumbó.
Las lágrimas llegaron como un río desbordado. Se tapó la boca para no gritar. Se acurrucó en la cama, hecha un ovillo, pequeñita, invisible.
—¿Por qué? —susurró entre sollozos—. ¿Por qué fui tan idiota?
Recordó su mirada. Su voz cortante. "Esa es su pijama". Como si ella fuera nada. Como si todo lo que había hecho en esos meses no valiera ni un segundo de su tiempo.
Miró al techo. A ningún lado. Al cielo donde quizás el abuelo la veía.
—Abuelo —lloró—. ¿Por qué me hiciste casar con él?
La noche siguió. Oscura. Sola.
Ella lloró hasta quedarse dormida.
Y en algún lugar de la ciudad, en una ceremonia llena de gente importante, Alejandro Montenegro no podía disfrutar la ceremonia.
—¿Estás bien? —preguntó Natalia, tocándole el brazo.
—Sí —respondió él, apartándose—. Estoy bien.
Pero no era cierto.
Algo en su pecho dolía. Y no era el estómago.







