Mundo ficciónIniciar sesiónAntonia no podía dormir.
Llevaba horas dando vueltas en esa cama enorme, demasiado blanda, demasiado silenciosa. Pero no era el colchón. Era todo.
El cuarto. La casa. Él.
De repente, un trueno sacudió la ventana.
Antonia saltó en la cama. La lluvia comenzó a golpear los vidrios con furia. Primero suave, luego fuerte, luego como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos.
Ella odiaba la lluvia. No, no la odiaba. Le tenía miedo. Un miedo irracional, infantil, que venía desde pequeña, cuando las tormentas le recordaban que estaba sola en el mundo.
Otro trueno. Más fuerte.
Se tapó la cabeza con la almohada. Pero el ruido atravesaba todo.
Entonces, un golpe seco.
La ventana se abrió de golpe.
El viento y la lluvia entraron como una bestia. Las cortinas volaron. Un relámpago iluminó todo el cuarto.
Antonia pegó un grito.
—¡NO! —saltó de la cama, retrocediendo hacia la pared—. ¡NO, POR FAVOR!
Otro relámpago. Las sombras bailaban en las paredes. La cortina parecía un fantasma.
Y entonces lo pensó. Lo sintió en el pecho.
El abuelo.
—¿Abuelo? —susurró, mirando hacia la ventana abierta—. ¿Eres tú?
Un trueno respondió.
El miedo se transformó en algo peor. En una certeza absurda: el abuelo había vuelto. Para verla. Para reclamarle. Para decirle que todo estaba mal.
—¡NO! —gritó otra vez.
Y salió corriendo.
Abrió la puerta de su cuarto y cruzó el pasillo como alma que lleva el diablo. La lluvia azotaba los ventanales. Los relámpagos iluminaban todo. Ella no miraba atrás.
Llegó a la puerta de al lado. La de él.
Golpeó. Una, dos, tres veces.
Nada.
Golpeó más fuerte.
—¡ALEJANDRO! —gritó, sin importarle nada—. ¡ALEJANDRO, ÁBREME!
Silencio. Solo la lluvia.
Probó la manija. Estaba abierta.
Entró.
La habitación era oscura. La cama estaba vacía. Las sábanas revueltas, pero vacías.
—¿Alejandro? —su voz temblaba—. ¿Dónde estás?
Un relámpago iluminó el baño. La puerta entreabierta. Una luz tenue escapaba por la rendija.
Ella caminó hacia allá, tiritando de frío con los pies descalzos sobre el mármol frío.
Empujó la puerta.
Y tropezó.
El suelo estaba mojado. Sus pies resbalaron. Ella cayó hacia adelante, directo a...
Brazos. Fuertes. Cálidos. Húmedos.
Alejandro la atrapó al vuelo.
Por un instante, el tiempo se detuvo.
Ella quedó en sus brazos, sostenida, mirando hacia arriba. Él la miró hacia abajo.
Sus ojos. Esos ojos negros, fríos, ahora estaban abiertos de par en par. Y en ellos, ella vio algo que nunca había visto: sorpresa. Confusión. Algo más.
Ella tenía el cabello revuelto, los ojos brillantes por las lágrimas y la lluvia. La boca entreabierta. Una carita de inocencia, de miedo, de no saber qué pasaba.
Él la sostuvo un segundo. Dos.
Y entonces cayó en cuenta.
Él estaba desnudo.
Completamente desnudo.
—¡MIERDA! —la soltó como si quemara.
Ella cayó al suelo. Él retrocedió, buscando algo, lo que fuera, para cubrirse. Agarró una toalla y se envolvió la cintura a toda prisa.
Ella, en el suelo, se tapó los ojos con ambas manos.
—¡No vi nada! —gritó—. ¡Te juro que no vi nada!
—¡¿QUÉ CARAJO HACES AQUÍ?! —rugió él, la voz temblando de furia y vergüenza—. ¡TE DIJE QUE NO ME MOLESTARAS!
—¡Lo siento! —ella seguía con los ojos tapados—. ¡Lo siento mucho! ¡Pero estabas más cerca que los empleados!
—¡SAL DE AQUÍ AHORA MISMO!
Ella intentó levantarse, pero las piernas no le respondían. El miedo. La vergüenza. Todo junto.
—¡No puedo! —lloriqueó—. ¡Tengo miedo!
—¡ES SOLO LLUVIA!
—¡NO ES SOLO LLUVIA! —gritó ella, destapándose los ojos sin pensar.
Y entonces lo vio otra vez. Él, de pie, con la toalla apenas sostenida, el torso desnudo, el agua escurriendo por su pecho, su abdomen, sus brazos. Estaba furioso. Pero también... imponente.
Ella volvió a taparse.
—¡La ventana se abrió sola! —gritó, los ojos tapados—. ¡Y sentí que era el abuelo! ¡Que venía a reclamarme!
Alejandro la miró sin entender. La lluvia seguía golpeando afuera. Un relámpago iluminó la escena.
—¿El abuelo? —repitió, incrédulo.
—¡SÍ! ¡Y tengo miedo! ¡Por favor, no me saques!
Él respiró hondo. Pasó una mano por su cara mojada.
—Estás loca —murmuró—. Completamente loca.
Se acercó a ella. Iba a levantarla. Iba a sacarla de ahí a la fuerza.
Pero cuando estiró el brazo, ella se aferró a él como garrapata.
—¡NO! —gritó, pegándose a su pierna—. ¡POR FAVOR, NO ME SAQUES! ¡HARÉ LO QUE QUIERAS! ¡LO QUE SEA!
Alejandro intentó soltarse. Ella no aflojaba.
—¡Suéltame!
—¡NO!
—¡QUE ME SUELTES!
—¡NO, NO, NO!
Forcejearon. Él tiró de su brazo. Ella se aferró más. Él dio un paso, arrastrándola. Ella no soltaba.
—¡Pero qué...! —masculló, sin poder creerlo.
Era pequeña, frágil, pero tenía una fuerza de desesperación que lo dejó sin palabras. No podía soltarse sin lastimarla de verdad.
Cerró los ojos. Respiró profundo.
—Está bien —dijo entre dientes—. Está bien. Puedes quedarte.
Ella levantó la vista. Los ojos brillantes, las mejillas mojadas.
—¿En serio?
—En el sofá —señaló el sillón junto a la ventana—. Ahí. Y te callas. No quiero oírte.
Ella asintió. Lo soltó. Se levantó del suelo y caminó hacia el sillón, temblando.
Alejandro se metió en la cama, de espaldas a ella. La toalla aún en la cintura. No iba a quitarse esa toalla mientras ella estuviera ahí.
Silencio. Solo la lluvia.
De repente, otro trueno.
Uno enorme. Uno que sacudió la casa entera.
Antonia pegó un grito. Sin pensar, sin medir, saltó del sillón y se metió en la cama.
Se pegó a él. Lo abrazó por la espalda. Escondió la cara entre sus omóplatos.
Alejandro se quedó tieso.
—¿¡QUÉ CARAJO...!?
—¡TENGO MIEDO! —gritó ella, apretándose más.
Él intentó soltarse. Intentó girar. Pero ella estaba pegada como lapa.
—¡SUÉLTAME!
—¡NO PUEDO!
—¡QUE ME SUELTES!
—¡POR FAVOR, SOLO DÉJAME UN MOMENTO!
Forcejearon. Él quiso apartarla, pero ella se aferró con todas sus fuerzas. Su cara contra su espalda. Sus brazos rodeando su torso.
Y entonces él sintió.
Sintió su cuerpo pequeño contra el suyo. Sintió su respiración agitada. Sintió sus lágrimas mojándole la piel.
Y sintió su corazón.
El de ella latía fuerte, rápido, asustado.
Pero el de él... el de él también.
Pum. Pum. Pum.
Latía. Latía como no había latido en años.
—¿Qué...? —se preguntó a sí mismo, sin voz.
Ella no lo soltaba. Él dejó de forcejear.
Se quedó quieto. Inmóvil. Sintiendo el peso de ella, el calor de ella, el miedo de ella.
Pasaron minutos.
Ella dejó de temblar. Su respiración se acompasó. Se había dormido.
Pero él no.
Él siguió despierto, mirando la pared, sintiendo ese corazón latir contra su espalda, preguntándose qué carajos estaba pasando.
¿Por qué no la había sacado a la fuerza? ¿Por qué su cuerpo no obedecía? ¿Por qué su pecho... dolía? No de dolor. De otra cosa.
Algo que no podía nombrar.
—Estoy loco —susurró en la oscuridad—. Tan loco como ella.
Y así pasaron la noche: ella abrazada a él, él despierto, los dos respirando al mismo ritmo, la lluvia afuera, y algo nuevo, algo aterrador, naciendo en algún lugar que él creía muerto.
Cuando Antonia despertó, el sol entraba por la ventana.
Estaba en la cama. Sola.
Se incorporó rápido. Miró a su alrededor. La habitación vacía.
Se levantó de un salto. Salió al pasillo. Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina.
Preparó desayuno. Algo simple: huevos pericos, arepas, chocolate, jugo. Nada sofisticado. Nada de esos platos raros.
Cuando terminó, subió la bandeja al comedor.
Alejandro ya estaba ahí. Sentado en la cabecera. Llevaba puesto el traje que ella había arreglado. Impecable. Perfecto.
No la miró.
Ella dejó la bandeja frente a él.
—Tu desayuno.
Él miró la comida. Frunció el ceño.
Huevos. Arepas. Chocolate. Nada más.
En su mente, un pensamiento cruel: ¿Esto es todo? ¿No sirve ni para atenderme?
Pero no dijo nada. El estómago le gruñó. El recuerdo del dolor de días anteriores lo amenazaba. No podía irse sin comer.
Tomó un pedazo de arepa. La probó.
Sus ojos se abrieron.
Crocante por fuera, suave por dentro, el punto exacto de sal. Probó los huevos. Cremosos, perfectos. El chocolate... Dios. No había tomado chocolate así desde niño.
Levantó la vista y la miró.
Ella esperaba, con las manos sudorosas, los ojos brillantes.
—Esto... —empezó él.
—¿Bueno? —preguntó ella, esperanzada.
Él no respondió. Pero tomó otro bocado. Y otro. Y otro.
Ella sonrió.
Cuando terminó, se limpió la boca, se levantó y tomó su saco.
—Me voy —dijo, camino a la puerta.
—Alejandro —lo llamó ella.
Él se detuvo. No se volvió.
—Discúlpame por lo de anoche —dijo ella, rápido, nerviosa—. Te juro que no vi nada. No es que sea pequeño y por eso no haya visto…
—CÁLLATE —la interrumpió él.
Ella calló.
Él respiró hondo. Apretó la mandíbula.
Salió sin mirar atrás.
La puerta se cerró.
Antonia se quedó sola en el comedor, con el corazón latiendo fuerte.
—Idiota —se dijo a sí misma—. Idiota, idiota, idiota.
Pero no podía dejar de pensar en él. En su espalda. En su calor. En cómo se había quedado quieto cuando ella lo abrazó.
Y entonces lo supo.
Tenía que ayudarlo. No sabía cómo, pero tenía que hacerlo.
Fue al estudio, prendió la computadora y comenzó a investigar.
Dolores estomacales crónicos. Estrés. Alimentación. Remedios naturales.
Hora tras hora, leyó. Estudió. Tomó notas. Buscó dietas, infusiones, alimentos que ayudaban, alimentos que dañaban.
Mientras tanto, en la oficina, Alejandro no podía concentrarse.
Su estómago no dolía. Por primera vez en meses, no dolía.
Y no podía dejar de pensar en ella.
En sus ojos brillantes. En su carita asustada. En sus brazos rodeándolo. En su cuerpo pequeño pegado al suyo.
—Maldita sea —murmuró, pasándose una mano por la cara.
Y volvió a sus papeles.







