La habitación de Alejandro olía a tabaco y papel viejo.
Antonia nunca había estado allí. Durante los meses que vivió en esa casa, su mundo se redujo a la cocina, el jardín trasero y la pequeña habitación de servicio donde dormía. Las puertas cerradas siempre fueron fronteras que no se atrevió a cruzar.
Ahora caminaba por el pasillo con los pies descalzos sobre la madera, sintiendo el frío de la mañana en los huesos. Noah se había quedado en la camioneta, con los hombres de seguridad rodeándolo,