La noche del cuarto día, Antonia no pudo dormir.
La mansión crujía a su alrededor con los mismos sonidos de siempre. El viento en las ventanas. Los árboles rozando las paredes. Los pasos de los guardias en el jardín. Pero algo más flotaba en el aire. Algo que no estaba ahí las noches anteriores. Una tensión que se filtraba por las rendijas de las puertas, que se pegaba a la piel como una segunda capa.
Bajó las escaleras sin hacer ruido. Sus pies descalzos sobre el mármol frío, el camisón blanco