El hombre de gris la arrastró por un pasillo que parecía no tener fin. Las llamas lamían las paredes a su alrededor, y el humo espeso se pegaba a sus pulmones como una mano que le apretaba la garganta. Antonia tosía, sentía que los ojos le ardían y que las lágrimas se mezclaban con el hollín en sus mejillas. El calor era tan intenso que la piel le hormigueaba, y cada paso que daba sobre el cemento caliente le recordaba que el tiempo se agotaba. Forcejeó, intentó soltarse, pero los dedos del hom