La bombilla seguía parpadeando, pero Noah ya no sabía si era real o parte de su mente desmoronándose. Había perdido la cuenta de los días. Las horas se derretían unas dentro de otras como velas en un horno, y el único punto de referencia era la puerta de metal, que se abría cada cierto tiempo para que los hombres de gris dejaran la bandeja con comida y agua. A veces Valeria entraba. A veces no. A veces alucinaba con su presencia, con su voz susurrándole al oído que no valía nada, que Antonia ya