La celda había dejado de tener paredes. Noah lo supo cuando abrió los ojos y las vio derretirse como cera, escurriendo hacia el suelo en hilos rojos que se arrastraban hacia él como serpientes hambrientas. Parpadeó una vez, y las paredes volvieron a su lugar. Parpadeó otra, y volvieron a derretirse. La bombilla parpadeaba con un ritmo cada vez más errático, y el aire olía a algo que no era humedad ni moho: era el olor de sus propios pensamientos pudriéndose, un aroma dulzón y enfermizo que se p