Se puso de pie. Las ataduras cayeron al suelo como si hubieran estado sueltas todo el tiempo. Antonia retrocedió. Su espalda chocó contra la pared. El corazón le golpeaba el pecho con la fuerza de un puño.
—No tengas miedo —dijo Alejandro, con esa voz que podía ser dulce o podía ser un cuchillo—. No te voy a hacer daño. Nunca quise hacerte daño.
—Me dejaste de rodillas en el suelo helado.
—Y me arrepiento —dijo, y la palabra sonó verdadera, pero también sonó a otra cosa. Sonó a ensayo—. Me arre