La celda había dejado de ser un lugar extraño para convertirse en una extensión de su propia piel. Noah ya no sentía el frío de las paredes ni la humedad que se filtraba por las grietas del suelo. El parpadeo de la bombilla se había vuelto un latido más, un eco de su propio corazón golpeándole las costillas. Sus muñecas, marcadas por las esposas, habían dejado de dolerle; ahora solo ardían con un fuego sordo, como brasas que se niegan a apagarse.
Había perdido la cuenta de las horas. Los interv