Las horas se volvieron eternas en esa celda de paredes húmedas. Noah había perdido la cuenta de los segundos, los minutos, los latidos de su corazón que se sucedían en la oscuridad como tambores funerarios. Los dedos de Valeria aún le ardían en la mejilla, y sus palabras le resonaban en la cabeza como un disco rayado que no podía apagar. ¿Ella sabe que tiemblas? ¿Ella sabe que tienes pesadillas? Las preguntas flotaban en el aire viciado de la celda como fantasmas que se negaban a irse.
Noah apo