La luz gris del amanecer se filtraba por las ventanas del hospital cuando Camila desapareció por el pasillo. El eco de sus pasos se fue apagando lentamente, como un latido que deja de sonar, y el silencio que quedó fue más denso que antes. Antonia sintió que el aire se volvía más pesado, más difícil de respirar. Sus manos, aún apoyadas en el borde de la cuna de Tobías, temblaban con una mezcla de rabia y cansancio. Las uñas se le clavaban en la palma, dejando marcas blancas que luego se volvían