La noche se había vuelto interminable. Los médicos de la Red iban y venían, los niños seguían con fiebre, y la mansión era un hervidero de pasos apresurados y murmullos. Antonia había pasado las últimas horas en la habitación de Leo, cambiándole paños fríos y susurrándole palabras que él no podía escuchar. La imagen del niño, con su cara sonrojada por la fiebre y su respiración entrecortada, se le había grabado en la retina como una herida abierta. El cansancio le pesaba en los hombros, y la pr