La noche había caído sobre la mansión como un manto de terciopelo oscuro, y el silencio se había instalado en los pasillos como una presencia que todo lo envolvía. El crujido de la madera, el rumor del viento, el canto lejano de un búho en el bosque: todo parecía estar en su lugar, como si la casa misma estuviera conteniendo la respiración. Los niños dormían profundamente, sus fiebres ya controladas, y los médicos de la Red se habían retirado con la promesa de volver al amanecer. Antonia y Noah