El silencio en la habitación de terapia intensiva era un animal vivo que respiraba en cada pitido de los monitores, en cada suspiro de las máquinas que mantenían a Tobías con vida. Los números verdes en las pantallas subían y bajaban con una lentitud hipnótica, marcando el pulso débil del niño, su presión arterial, la saturación de oxígeno que apenas alcanzaba los niveles mínimos para considerarlo fuera de peligro. Las luces fluorescentes del techo zumbaban con un sonido irritante, y su luz bla