La madrugada del tercer día después del regreso de Suiza estaba teñida de un silencio tan absoluto que Antonia podía escuchar su propia sangre circulando. No había viento, no había pájaros, no había nada. Solo el crujido de la madera de la cabaña cuando el frío la contraía, y el rumor de la respiración de los niños que dormían en la habitación contigua. El fuego de la chimenea se había apagado hacía horas, y el frío comenzaba a filtrarse por las rendijas de las ventanas, trayendo consigo el olo