La oscuridad era un manto espeso que se pegaba a la piel.
Antonia despertó con las manos atadas detrás de la espalda y un olor a gasolina y humedad llenándole los pulmones. El suelo vibraba bajo sus costillas. Un vehículo. Una camioneta, por el balanceo. El motor rugía mientras avanzaba, y cada curva la hacía rodar contra la pared metálica.
Su cabeza ardía. El golpe en la nuca seguía latiendo, y al llevarse la mano sintió la sangre seca pegada al cabello. Abrió los ojos con dificultad. Todo era